TAMBIÉN CREO QUE EL SOL QUEMA ADENTRO

Por: Exler Felipe Puerta Velasco

Hace rato que estoy llorando

buscando una sombra bajo de un árbol

Y el tiempo que pasa volando

es el viento que mueve las hojas

 

No recuerdo si la última película que vi en sala de cine antes de que la pandemia atacara con cuarentenas y restricciones fue 1917 de Sam Mendes o Little Women de Greta Gerwig. Pero sí recuerdo que el sábado de esa semana que empezaron con los simulacros de confinamiento iba a ver Varda par Agnès en la Cinemateca. No la había podido ver cuando salió, no había dado con ella por internet, y sobretodo, con la amiga con quien iba a verla no nos veíamos desde hacía ya un buen tiempo y nos gusta muchísimo la obra de Agnès Varda.

El encuentro con las salas de cine es un encuentro con uno mismo, con alguien más, con la película, es el lugar en donde confluyen y conviven distintas energías, sensaciones y emociones. Para mí, es un lugar místico, gigante –no sólo en términos físicos, sino en términos sensoriales-. La sala es como el destino, es la meta, es el suspiro al acabar algo; ese suspiro después de hacer un gran esfuerzo; ese: “¡por fin!”.

En la sala la oscuridad es belleza, la luz proyectada dibuja un sinfín de mundos. La risa, el llanto, la sorpresa, la indignación, la rabia, el enojo, la tristeza, cualquier reacción sobre lo que sucede en la pantalla es ser y existir, es respirar y vivir. Abstraerse de la realidad y abrirse uno mismo a esta oscuridad es una inyección de energía. Allí, en esa oscuridad, son  válidas muchas cosas. Puedo llorar por algo que no había podido llorar afuera en la otra realidad, en la cotidiana; puedo aprovechar y llorar no sólo por lo que estoy viendo en la película, sino por lo que estoy viviendo; y así con casi que cualquier emoción. En la oscuridad exorcizamos lo que queremos y necesitamos.

Tiritando te perdiste en las olas

y liberando el alma fuiste bajando

siempre y cuando no tengas un hielo

adentro del pecho no estarás a salvo

 

Durante el año pasado no sabíamos si podríamos tener un ESTUCINE con componentes presenciales, y lo logramos. Solo fue hasta este diciembre empecé a salir con más regularidad, con la excusa o no de estar detrás de la organización del Encuentro. Debo confesar que con nervios veía las salas de la Cinemateca a lo lejos, mientras desarrollábamos todo el evento; las veía ajenas y distantes. Prefería no entrar, la covid nos dañó la cabeza y la mente en muchos aspectos; pero también porque estaba encantado a la par con la pantalla en la plazoleta. Siempre he sido un fan del cine en las calles, en el barrio, sea de noche, sea de día, que el cine salga de la sala también tiene su atractivo. Pero entonces, ¿cuándo regresaría a una sala con esa bella oscuridad para exorcizar mis demonios y confesar mis pecados?

En menos de nada se acabó el Festival, y con él, el Encuentro. Me quedó ese sinsabor de no haber podido entrar a una sala, también, porque quizá dentro de mi necesidad de darle mucho más significado de lo que deberían tener las cosas, quería regresar a la sala de cine con una Gran Película –sí, en letras mayúsculas-. O también quizá porque, en esencia, no hubo tiempo: entre producir ESTUCINE, trabajar al mismo tiempo y tener “responsabilidades de adulto”.

Con la Cinemateca regresando de a pocos, ¿no sería capaz de entrar a una sala en todo el 2020? Ya había tumbado el miedo del salir a la calle con la planeación y realización del Encuentro, ya había estado en lugares cerrados con cierto aforo, ya había ido a farmacias, ya me había subido al transporte público. Como que ya era hora, ¿no?

Hay un bicho con millones de ojos

por todos lados y te está mirando

cerrando los ojos podés ignorarlo

pero al hermano no podés esquivarlo

 

Desde que conocí de Mercedes Gaviria, que averigüé sobre la realización de Como el cielo después de llover, de tenerla en el programa web que tenemos con el colectivo EN EL CHARCO, sabía que quería ver esa película. Hubo como cierto apego a esa imagen preconcebida de lo que podía ser la película, y hasta de la empatía que podría tener sobre ella. Supe de las dos funciones especiales que tendría la película en la Cinemateca finalizando diciembre y sabía que tenía que irla a ver. Tenía el presentimiento que con el desorden y el poco juicio de los colombianos en diciembre, en el mes de enero los contagios por la covid iban a ascender y hasta de pronto iban a cerrar de nuevo hasta los pocos cines que teníamos abiertos.

Intenté planear con algunos amigos cercanos para ir a ver la película, pero la gente empezó a flayar, una por una, que por las fiestas, que porque viajaban, que porque les daba miedo ir a cine todavía, que porque sí y porque no. Así fuera solo iba a ir a mi confesionario oscuro de cine. Al fin logré cuadrar con alguien pero ese día esa persona se demoró en encontrarse conmigo para ir a la Cinemateca. Yo detesto esperar, no me gusta llegar tarde, y sobre todo, no quería terminar perdiéndome la película. Estaba bastante estresado y algo malgeniado, pero por los milagros de ser un diciembre en plena pandemia, cruzar toda la ciudad para llegar al centro fue un recorrido de una escasa media hora.

Por fin estaba en una sala de cine. Por fin estaba regresando la otra vida del cine, la que es afuera, con el público, en la oscuridad, en lo “gigante” de un espacio así. Me estaba reencontrando con el cine, pero aparte, estaba reencontrándome con el oficio de hacer cine. La película es un viaje de regreso a Medellín mientras Mercedes se reconoce en la visión de lo que para ella significa y es el cine, mientras es testigo del rodaje de una película del papá. Asimismo, la película es un viaje de regreso a la familia, a la casa, al hogar.

Allí estaba yo, acompañado, viendo como alguien más –Mercedes- regresa a lo que le es familiar, viendo como alguien viaja al cine, al cine de alguien más –el de él papá- mientras encuentra el propio. Allí estaba yo regresando a una sala de cine, recordando las dinámicas de rodaje, identificándome con cosas, conociendo nuevas, comparando las relaciones familiares expuestas en la película con las propias. Viendo la familia de alguien más, anhelando retratar a la mía, alguna vez, con tan sincera honestidad.

No sólo regresaba a una sala de cine, regresaba a la necesidad de hacer cine, a la urgencia del querer hacer de nuevo. Regresaba al ver las siluetas de personas mirando una pantalla y mirándose en la pantalla, ver la luz del proyector reflejada en sus ojos, ver cómo cambian de posición en el trascurso de la película, reírme, reírme tanto con alguien conocido que está al lado mío como con la persona desconocida que está allá abajo en otra silla, o atrás arriba en otra.

No podía dejar pasar el 2020 sin regresar a una sala de cine. Ese fue el final de una temporada extraña para todas y todos. Venía de reencontrarme con las amistades y nuevas caras y voces que trajo el tercer ESTUCINE, de recargarme de energía con tanta fuerza de estudiantes apasionados por hacer, vivir, compartir cine. Logramos hacer una edición híbrida y permitir un espacio de encuentro, fortalecerlo, moverlo, sujetarlo, abrazarlo, compartirlo.

ESTUCINE es un encuentro con uno mismo, con alguien más, con el cine, es el lugar en donde confluyen y conviven distintas energías, sensaciones y emociones. No sé cómo terminé estando dónde estoy, sólo sé que estoy y estaré el tiempo que crea pueda seguirle aportando al espacio. Son muchas voces, miradas, ideas, personas, sueños que han pasado por este espacio. Unas pasaron y ya se fueron, otras permanecen y otras acaban de llegar. Este espacio en movimiento es imparable.

Se acabó la tercera edición y después de tanta lluvia hay un sol saliendo, que quema, que empuja, que da vida. Hay un cielo despejado y hay colibríes volando.

El sol quema adentro, se mueve por todo el cuerpo como los escalofríos, y eso es señal de que seguimos vivos y podemos seguir viviendo, y, si así lo queremos, vivir con el misticismo del cine recorriéndonos en nuestras propias bellas oscuridades.

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