Aprendemos de cine conversando con sus creadores

Lo que vi sin querer ver (A propósito de los Óscar 2026)

¿No les emociona la temporada de los “Óscar”? 

Por Carla Losada (Cineasta y realizadora audiovisual)

Yo quiero negarme a aceptar que me emociona, pero a pesar de eso también entiendo que funcionan como una excusa para que, por un tiempo, la gente quiera ver cine, piense en cine y aún más hable de cine.

Y eso es lo que vengo a hacer hoy con esta esta crítica / análisis / habladuría. No vengo a predecir ganadores porque soy pésima en eso, sino a escarbar un poco conociendo mi super poder de impresionarme con facilidad. Buscando algo que me atravesara encontré una conexión que se quedó rumiando en mi cabeza y fueron los rastros de sangre en El agente secreto de Kleber Mendonça Filho y Frankenstein de Guillermo del Toro, dos películas donde el departamento de arte construye, desde lo poético, algunos de los momentos más potentes y memorables que vi en pantalla.

Quiero empezar por lo primero ¿qué es un rastro de sangre? Es la señal de una herida, de un punto débil; es una marca del camino que ha tomado alguien. Dependiendo del contexto, es una víctima o un victimario. Puede ser la muestra de la tenacidad y la fuerza de alguien intentando seguir adelante, tal vez huyendo de algo. Puede ser muchas cosas, pero definitivamente es el desenmascaramiento de una ubicación: para bien o para mal, sin palabras, sin mucha explicación, es un tropo que el cine de acción nos ha enseñado a entender.

Fargo fue una de las películas más icónicas en usar el rastro de sangre como el hilo conductor de la historia, sobre todo porque los tonos de violencia y aburrimiento están constantemente chocando dado a lo absurdo e innecesario de los actos de violencia, es una historia en la que los personajes toman todas las decisiones incorrectas llevándoles a personificar una maldad patética, se mueven de un lugar a otro de forma caótica y frenética cometiendo actos absolutamente crueles sin una justificación ni recompensa, la violencia por la avaricia y los engaños, la violencia por la violencia.

Aparentemente la película está basada en hechos reales, y digo aparentemente porque es una ficción en su totalidad que usa un caso real para construir la historia del protagonista y uno de los crímenes más impactantes de la película, esa fue la muerte de Helle Crafts, una mujer asesinada por su esposo en Connecticut en 1986 siendo el primer caso de la ciudad de una condena sin un cuerpo como evidencia. De ahí se origina una de las imágenes más impactantes de la película, la de la enorme mancha de sangre sobre la nieve que ha dejado una trituradora de madera después de ser usada para acabar con el cadáver de una de las víctimas de los asesinos.

 

Recuerdo ver por primera ver esta imagen hace años y quedarme pasmada sabiendo que este hecho se da casi de forma gratuita, siendo solo el efecto mariposa de una serie de incompetencias que se repiten una tras otra.

Elijo usar esta primera imagen como ejemplo de la intensidad de la sangre en plano porque creo que plasma perfectamente como una historia no necesita tener una gran serie de acciones consecutivas ni rimbombantes para ser impactante, a veces con unas cuantas imágenes poderosas se logra mucho mejor representar una violencia que acecha.

Entonces, ¿qué pasa cuando un monstruo (en el sentido literal de la palabra) es quien deja el rastro de sangre?

En el caso de Frankenstein, es muestra de su humanidad, pero al mismo tiempo de su incapacidad de morir, el rastro de sangre que se esparce ha permitido, a lo largo de la película, ir dejando casi de forma poética, sobre la nieve de un escalofriante y precioso invierno (característico de Guillermo del Toro y de Mary Shelley), un camino que no se acaba, una búsqueda sin fin y el agotamiento de un ser que reta su espíritu y que necesita compañía. Para él, la sangre es muestra de su condena, aquella de seguir viviendo y, por ende, la persecución constante de quienes lo aborrecen y lo culpan por el simple hecho de caminar sobre esta tierra.

Sin embargo, todo cambia cuando la sangre es de alguien a quien él ama, pues deja de ser sucia y se convierte en un rastro de tristeza, despojo, culpa y soledad. Frankenstein usa el recurso de la sangre o más bien quienes crean ese rastro de forma cruda pero bella.

Tal vez por eso ese brillo escarlata sobre la blanca nieve, cuando entra a una cueva con su amada Elizabeth, me hizo llorar hacia el final de la película, porque intuía que significaba mucho más de lo que en un primer momento había pensado, representa lo imparcial que es la muerte cuando viene por nosotros sobre todo cuando es una muerte encapsulada en el amor.

Ahora bien, la historia cambia cuando ese rastro de sangre es de alguien corriendo con un arma, ubicado en una ciudad abarrotada de gente, caliente y ruidosa. Pasamos de Inglaterra en invierno a Brasil en la dictadura, donde la sangre deja de ser primorosa y se convierte en señal de peligro, es la señal de una persecución acalorada al mejor estilo de Hollywood, que parece estar absolutamente naturalizada por muchas de las personas que la presencian, no porque sea una película, sino porque la violencia se vive siempre, en todas partes.

Eso es, en parte, lo que ha hecho que el cine de Brasil en los últimos años esté brillando a nivel mundial y sea reconocido en toda Latinoamérica: porque nos conecta colectivamente con esos códigos.

El agente secreto es una película, por lo menos, estática (erraría si usara la palabra “lenta”, porque no lo es), pues vive y se sostiene por los diálogos entre los personajes, incluso teniendo imágenes muy impactantes. Desde el inicio hay que poner atención para atar los cabos entre lo que dicen los personajes. En la película no hay un agente secreto; de hecho, creo que el espectador es quien tiene que hacer ese ejercicio de reflexión con toda la información que está obteniendo para seguir el hilo de la historia.

Por eso, cuando se acaba el diálogo y llega esa particular escena de persecución, cambia todo el ritmo de la película. Un hombre —no un monstruo—, una persona “común y corriente”, comete atrocidades dignas de lo que sí llamaríamos hoy en día “un monstruo”. Su sangre, al igual que toda la sangre derramada por sus propias manos, ensucia el suelo de la ciudad, marca el camino que siguió para cobrar vidas y es una metáfora, para mí, de la dictadura, de la violencia que persigue a personas inocentes sin una razón más que la de silenciar.

Este hombre no importa; importa lo que representa y la forma en que ese líquido guió y transformó la historia. Debo aceptar que quedé boquiabierta y al filo del asiento viendo tremenda escena, orgullosa del cine latinoamericano y, simultáneamente, abatida por la dureza de las imágenes que acababa de ver.

Finalmente, esas dos películas tejieron una conexión en mi cabeza sin que yo lo hubiera previsto y, de algún modo, estoy agradecida por ello.

Primero, porque mi mirada intentó no quedar atrapada en la necesidad de definir cuál era “mejor”, cuál “buena” o cuál “mala”, una forma de ver que me han enseñado durante años, pero que, en mi opinión, al observar desde esos binoculares del juicio, me convertiría en una espectadora injusta frente al trabajo de un gran equipo de personas. Injusta frente a los pequeños detalles, frente al componente metafórico y poético que sobrevive en el trasfondo de las grandes actuaciones, de las decoraciones, los colores, los objetos y los vestuarios.

Intentar sensibilizar lo que parece obvio a simple vista transforma las películas en algo más, permite que las palabras, a veces, se queden cortas y abre un espacio donde el corazón puede ablandarse o el pecho acelerarse ante cosas tan simples y tan poderosas como unas gotas de sangre sobre la nieve o sobre el concreto.

Sin importar si es la violencia causada por una maldad patética como en Fargo, de la búsqueda de la terminación de la soledad como en Frankenstein o el espejo de la persecución política como en El Agente Secreto, espero que este elemento tan clásico del cine de acción siga siendo reconfigurado y transformado de formas así de creativas y que asimismo, nuestra mirada supere la superficie de lo obvio siempre que sea posible, sobre todo en estas fechas en la que todas hablamos de cine y buscamos crear nuestros propios juicios sobre lo que vemos y de alguna manera nos están haciendo ver.

Que esta temporada de premios sea una excusa para disfrutar de una gran serie de películas intentando que nos conecten si no es en opiniones, al menos en emociones, a través de lo que parezca evidente y de lo que nuestras cabezas en medio de la turbulencia de pensamientos después de salir de la sala de cine logren conspirar.