Tropelear palabras y hacer de la escritura un habla con la muerte: entrevista con Rosario Caicedo.

Por: Valentina Giraldo Sánchez

Esta entrevista la planeamos el 6 de abril. Con Rosario tuvimos una primera reunión para conocernos el 12 de abril. Planeamos la entrevista para el 19 de ese mismo mes, pero no se pudo. La volvimos a cuadrar para el 28 y tampoco se pudo. Finalmente pudimos tejer esta conversación el 1 de mayo, día internacional del trabajo y cuarto día de paro nacional en Colombia. A veces pienso que quizá el cauce de las palabras quería darle forma al río en un momento de tensión social y esperanza joven. En un inicio este encuentro tenía como excusa los 50 años del cineclub de Cali, pero los saltos del tiempo, los afectos y la magia compartida el 1 de mayo nos llevó a otros terrenos. Esta entrevista la transcribí en las noches del 2 al 9 de Mayo, con el cuerpo sumamente cansado de andar la calle y la tristeza atravesada en el corazón. Sin embargo, los sonidos aquí traducidos en palabras guardan cierta luz que siempre se encargó de devolver la esperanza durante esos días. Esta introducción la empecé el 9 de mayo en la noche.

La conversación-río está fragmentada en tres partes. En un inicio estos segmentos estaban divididos en bloques temáticos específicos, pero con el tiempo descubrí que todos se encuentran entre sí como si se tratara de un telar. Quizá sea inútil la división. Sin embargo, nombro cada uno de los momentos de esta charla con el objetivo de invitarles a andar un río que tiene diferentes momentos: un nacimiento, una tempestad y una desembocadura.

El origen de este cartel aún es producto de especulación. Se habla de que para el inicio de la década de los 70 se promovía una censura para la música de Richi Ray y Bobby Cruz. En la feria de Cali de 1970  en vez de traer a los músicos de salsa trajeron a bandas como Los Hispanos y Los Graduados. Este cartel nació como la inconformidad de la censura que es recordada en Que viva la música de Andrés Caicedo. Desde entonces este cartel ha sido replicado en diferentes intervenciones artísticas en Cali, para más info de click aquí.  

Nacimiento: Migración, mirada y el origen de nuevos radicalismos.

Valentina Giraldo Sánchez (VGS): Rosario, tengo entendido que estabas estudiando trabajo social en la Universidad del Valle cuando te fuiste a vivir a Estados Unidos. ¿Podrías quizá hablarnos un poco más de tu relación con las ciencias sociales y el cine?

Rosario Caicedo Estela (RCE): Empecé a estudiar en la Universidad del Valle trabajo social, me quise pasar a historia porque siempre me había interesado bastante. Durante la época en la que yo estaba pidiendo el cambio a Historia, surgieron toda una serie de problemas en la infraestructura de la Universidad y no pude hacer el cambio. Cuando me casé, que fue en 1970 (yo había entrado a la universidad en 1967) y me fui a vivir con mi entonces esposo a Barrancabermeja, yo ya no estaba en la universidad porque no había podido hacer el cambio. Cuando regresé a Cali, nos íbamos a quedar solamente por un año porque estábamos aplicando para venirnos a los Estados Unidos. Mi esposo había sido muy activo en el movimiento estudiantil de esa época y tuvo una serie de censuras. Él quería continuar con su especialización en psiquiatría en Colombia, pero no se lo permitieron y esa fue una de las razones por las que vinimos acá. En un principio se suponía que sería por un corto tiempo y mira, yo ya llevo acá casi 50 años, uno nunca puede predecir absolutamente nada en la vida. Acá en los Estados Unidos si terminé mi carrera con un énfasis en historia y después de un tiempo hice mi maestría en trabajo social.

En cuanto a la relación con las ciencias sociales y el cine, yo pienso que están directamente ligadas en muchas formas. Las ciencias sociales te ayudan a comprender y analizar el mundo junto con sus periodos históricos. El cine hace exactamente lo mismo, yo lo veo como una mirada al mundo, como son todas las ciencias sociales para mí y el arte también. Voy a hacer una cita de Sandro Romero, él dice que cada vez que piensa en el arte y en todas las filosofías, lo ve todo como una unidad. Y yo pienso que lo veo en la misma forma, el cine y las ciencias sociales son muy claras. ¡Yo lo veo todo como un ojo! Jajaja, hablando de “Ojo al cine”, es un ojo que nos ayuda a ver la realidad y a nosotros mismos. Esa sería la metáfora, la metáfora del ojo, la metáfora de estar viendo.

VGS: Es una metáfora muy interesante. Considerando al cine como un dispositivo de registro y transformación que constantemente se renueva, cambia de piel.

RCE: Exacto, y yo siento que así fue como empezó. La historia del cine muestra que al principio lo que se quería captar era ese movimiento de la vida. El nacimiento del cine como puertas que se abren, para mi esa es la metáfora de los Lumiere. Son las puertas de una fábrica que se abren y de ahí todo lo que se desprende, es como el querer ver en la oscuridad lo que ya ha pasado en la luz.

VGS: Es también como una especie de oráculo que nos puede permitir ver futuros más iluminados que nuestro presente convulso.

RCE: Yo veo al cine y al arte en general como una especie de esfinge. Uno le hace una serie de preguntas a ese arte, a veces sin que nadie sepa qué preguntas son, pero el arte las contesta. El arte contesta mudamente. Cada uno de nosotros tenemos una pregunta distinta hacia la misma película o canción, son preguntas distintas y nos responden de manera distinta esas esfinges.

VGS: Considerando que te vas en un momento en donde el cine en Colombia pasaba por una especie de revolución o cambio juvenil y llegas a Estados Unidos, que es habitar un contexto geopolíticamente situado con unas dinámicas socioculturales distintas, ¿sientes que el surgimiento de esta especie de “radicalismos” juveniles que dan origen al Cine Club en 1971, responde al contexto político y social que se vivía en el país?

RCE: Definitivamente. No solamente a un nivel nacional sino un nivel mundial. El cineclub de Cali se funda en 1971, antes de esto ya había un movimiento revolucionario profundamente clave para el mundo. Mayo del 68 marcó absolutamente a todo el mundo. La revolución ideológica con el movimiento estudiantil de París -y acá lo digo desde mi percepción individual- cuando lo veía desde afuera, estando en la universidad las manifestaciones eran constantes, se repetían los grafitis en las paredes. Se repetía en Cali, en los “mitines” en donde hablábamos de todas esas cosas que sucedían en Francia en el 68 que dividieron por completo al mundo… ¡Los Rolling Stones! Todo eso nos cambió por completo. Yo tengo 70 años pero me siento muy afortunada de haber vivido esa época, fue una época de profundo optimismo que ahora no se ve tanto en la juventud. Y tienen todo el derecho de no tener el mismo optimismo que teníamos nosotros en el 68, porque hemos visto todo lo que ha pasado durante todas estas décadas. En esa época pensábamos que íbamos a poder cambiar todo el mundo.

VGS: Me llama mucho la atención esa idea de la imaginación radical relacionada con el cine y la transformación. Un libro de Alejandro Galliano se titula “¿por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?”, recordé este título escuchándote y pensando en cómo la maquinaria terrorífica de nuestros gobiernos represores y sus políticas capitalistas y patriarcales nos niegan la posibilidad de imaginar un futuro diferente. El lugar del poder es hacernos pensar que no hay un futuro por fuera de la necropolítica. Me parece muy urgente pensar en la imaginación radical como una posibilidad de acceder a futuros políticos diferentes y subversivos.

RCE: Claro, yo también pienso que es muy importante, además, la ola feminista que surge después del 68. Ese movimiento francés revolucionario fue profundamente patriarcal, ¿quiénes eran los líderes y los héroes? Eran los hombres. Yo recuerdo que cada vez que yo asistía a una reunión de la Federación de Estudiantes de la Universidad del Valle se me asignaba el rol de secretaria, de tomar apuntes. Nunca había ningún otro rol. Yo recuerdo mucho, leyendo biografías de mujeres feministas acá en Estados Unidos, a la famosa Gloria Steinem que mencionaba que las mujeres en ese movimiento fueron asignadas a labores como “llevarle el café a los muchachos”. Ese tipo de cosas nos impulsó a nosotras, tenemos el mismo tipo de cerebro que los hombres y en esa época eso nos llevó a pensar en que nosotras debíamos estar, sino liderando, al menos como participantes activas de esos espacios. Al menos así lo viví yo al llegar acá a los Estados Unidos.

VGS: Leyendo sobre ti encontré que de 1987 a 2012 trabajaste con diferentes poblaciones de migrantes en Estados Unidos. Quisiera preguntarte por esa experiencia, considerando que las políticas de migración en Estados Unidos siempre han instituido diferentes tensiones geopolíticas relacionadas con el racismo y demás, ¿cómo ves tú la relación entre la migración y el cine?

RCE: El ser inmigrante es una experiencia profundamente compleja, interesante y triste en muchas dimensiones. Más triste para unos que para otros. Yo quiero ser muy clara con que mi proceso de inmigrante no se puede comparar con los procesos de personas que están viajando mientras nosotras estamos hablando en este momento. Personas que no pueden más en sus países. Yo no inmigré de Colombia a los Estados Unidos porque me hubieran incendiado la casa o porque no tuviera que comer, es decir, ese no fue mi proceso como sí es el proceso de miles de personas cada día en Centro América y Sur América. En Colombia incluso, hay personas desplazadas que deben migrar porque no pueden quedarse en su tierra, esa ha sido nuestra historia. En cuando a los Estados Unidos, la situación de inmigración es muy compleja, este país fue fundado por inmigrantes europeos y el proceso está registrado en bibliotecas, para no hablar a profundidad. Lo cierto es que el racismo ha sido el eje central del cómo se trata al inmigrante en este país. Especialmente en estos momentos, en donde la inmigración es en su mayoría (resalto las comillas) “ilegal” -porque para mí ninguna inmigración ni ninguna persona es ilegal- y viene de nuestros países, de Latinoamérica. La forma cómo la administración de Trump trató el tema de la inmigración fue muy similar, para mí, a lo que Hitler hizo con los judíos. Yo pienso que si Trump hubiera podido matar a los inmigrantes los mataría. Y mató a muchos con su política, hay distintas formas de matar.

En cuanto al cine relacionado con el proceso de inmigración, pues el cine es un testigo, como el arte. El cine ha sido capaz de poder mostrar ese proceso migratorio en diferentes niveles. Yo veo que son cosas muy relacionadas.

VGS: Me parece interesante lo que mencionas porque también se puede relacionar con el habitar dos mundos, ese no pertenecer. Estar “en medio de”, ese hablar mal el inglés que se impone en la frontera como una lengua hegemónica, pensaba en ese borde liminal que es hablar en spanglish, por ejemplo.

RCE: Ser inmigrante, aquí por ejemplo Gloria Anzaldúa o Sandra Cisneros hablan de eso. Ese no estar en ninguna parte por completo. Yo puedo hablar de eso porque yo siempre pienso que el ser inmigrante da una riqueza de estar en dos partes al mismo tiempo. También tiene la gran complejidad de nunca sentirse completamente en un lugar. Así uno se haya ido del país del que uno es, así como me dijo mi mamá cuando me fui -palabras que me marcaron la vida- “nunca te olvides de dónde saliste y de dónde eres”. Uno nunca deja ni olvida el sitio de donde viene, eso lo han dicho también muchos escritores. Fernando Vallejo dice que uno se va de Colombia, pero nunca deja Colombia. Hay una distancia, por ejemplo, de yo vivir en Estados Unidos y a la vez no estar. Te da esa distancia de ser un observador, como ser un antropólogo que ve de lejos. Eso también tiene sus problemas.

Tempestad: Militar la palabra y creer en lo que ocultan las imágenes.

VGS: Uno de los tantos motivos que nos reunían a esta charla eran los 50 años del cineclub de Cali y a propósito de esto se presentó una retrospectiva de Luis Ospina en la Cinemateca de Bogotá que llevó como título “creer en lo que no se ha revelado”. Me interesa saber, considerando que el cineclub de Cali cumple 50 años y se le han dedicado diferentes exposiciones, conferencias, muestras y entrevistas, ¿qué crees de esas cosas que quedan por revelar? Y por qué consideras que pese al tiempo y a la producción cada vez mayor de nuevas imágenes, el cineclub sigue tan vigente incluso en las nuevas generaciones.

RCE: Yo pienso que sigue siendo muy vigente porque fue como una pequeña ventana que se le presentó a Cali (esa ciudad tan provinciana en muchas cosas). A pesar de que ya había otros cineclubes, este fue uno profundamente sofisticado (si lo comparamos con los otros cineclubes). Acá mucha gente ha hecho la comparación del tiempo en el que funcionó el cineclub, dado que la universidad estaba cerrada por problemas “disturbios estudiantiles”, entre comillas, porque esos no eran disturbios estudiantiles, esos eran disturbios gubernamentales que cerraron la universidad después de la matanza de 26 de febrero de Bambuco y de muchas otras personas asesinadas. El cineclub le dio a Cali una ventana al mundo que se formó como una enorme ventana para muchas otras personas interesadas en el cine. Yo siento que el cineclub de Cali trajo a Colombia la enfermedad -que llamaba Andrés- de la cinesífilis. La gente se volvió más cercana al cine gracias a ese pequeño sueño. Como decía Andrés: “Ármate de los sueños para no perder la vista”. Ese fue el sueño que no le permitió perder la vista hasta el momento en el que decidió matarse. Fue el sueño de esa imagen cinematográfica que quiso compartir con muchos otros, yo pienso que por eso sigue vigente.

VGS: En algunas entrevistas mencionas que tu madre solía contarles las películas antes de que fueran a verlas. A partir de esto, de la tradición oral y del cine por hablado, hecho voz me gustaría preguntarte por tu relación entre las imágenes y las palabras. Tuvimos la oportunidad de hablar hace un par de días y usaste unas palabras que me llamaron mucho la atención y fueron “tropelear” el vocabulario. Hacer de nuestras imágenes un tropel en las palabras, ¿cómo te relacionas con las palabras y el cine y cómo sientes que eso ha mutado a lo largo de estos 50 años?

RCE: Acá centras la pregunta en algo que para mí es la llave de absolutamente todo, es el comienzo de lo que es el arte, eso es la palabra, el comienzo de todo. Yo no soy antropóloga, pero he leído sobre antropología y me encanta leer sobre el comienzo de lenguaje y su significado. Acá me voy a centrar en mi experiencia, yo siento que como mujer -y acá está presente mi mamá- nosotras somos, en cierta forma, las que hemos protegido el lenguaje. Todo el mundo aprende el lenguaje a través de quien lo cuida, ¿y quiénes han cuidado a hombres, mujeres y diversidades? Pues las mujeres en general. El lenguaje ha sido como ese fuego que nosotras como mujeres hemos tenido para proteger. Y no solamente es fuego sino también es nuestra arma. El primer escrito oficial que yo hice sobre Andrés Caicedo lo hice porque mi papá me lo pidió para el periódico El Pueblo en 1985. Hace poco alguien me volvió a mencionar ese artículo y me llamo lo que yo dije, era algo así como “las únicas armas que tengo son las palabras y yo con ellas me defiendo bien”. Yo pienso que eso es muy importante, es la única arma que tenemos y la tenemos que proteger. No me refiero al arma como violencia sino al alma como protección y como lucha verbal.

En cuanto a las palabras y al cine, Andrés y yo nos interesamos por el cine a través de las palabras. Yo siempre digo que antes de ver cine, oímos al cine. Andrés muchas veces antes de ver cine, leyó el cine. Para mí el cine y las palabras están directamente relacionados. En el cine uno oye e interpreta las palabras de las imágenes. Aún en el cine mudo, aún si no se ven los subtítulos, las imágenes tienen palabras. Para mí el poder de la imagen y el poder de la palabra están muy relacionados.

VGS: Me llama mucho la atención que hables del lenguaje como arma, esa idea de ponerle corazón y cuerpo a un verbo. Quisiera preguntarte a partir de todo esto sobre los puntos de fuga. La industria del cine y la misma realización audiovisual son cosas relacionadas con dinámicas coloniales y capitales. Hacer una película, distribuirla o incluso escribir sobre ella es difícil y suele relacionarse con toda una red de interacciones que van desde el amor al arte hasta las negociaciones empresariales. Los espacios como los cineclubs son gestos jóvenes que, podría decirse, nacen entre la esperanza, el amor, la tristeza y la soledad. Me gustaría preguntarte, no solo a propósito del cineclub sino también de tus experiencias personales como escritora y trabajadora social, qué piensas de esos “puntos de fuga” que nacen como nuevas posibilidades de habitar y pensar nuestras imágenes y palabras.

RCE: Yo quisiera dejar algo muy claro, yo jamás he hecho una película, jamás he sostenido una cámara… jajaja. He estado en algunos sitios donde se han hecho películas, pero jamás he estado dentro de la industria cinematográfica. Mi única relación con el cine es viendo el cine, sentándome como espectadora. También la experiencia que me ha dado la vida de grandes amigos y amigas que hacen cine. Siento una gran humildad por cualquier producción cinematográfica, porque me he dado cuenta que, aunque sea algo que no me guste, hay un esfuerzo comunal en el hacer cine. Para mí eso es de admirar. Una pequeña película requiere del trabajo de mucha gente, requiere del trabajo de estar hablando ¡otra vez la palabra! Para mí esos serían los puntos de fuga, la comunicación, el espacio entre los que están concibiendo la película y nosotros que la recibimos y entramos en la magia. Mi punto de fuga es la relación entre tanta gente, entre la palabra y la imagen.

VGS: Como ese punto en medio, el borde que está en la mitad entre el interpretar y el crear.

RCE: Exacto. Una de las cosas que más me gusta del cine es esa relación comunitaria que implica el hacer una película.

Desembocadura: La muerte nos habla al oído.

VGS: Actualmente estas editando un libro tuyo de poesía. En alguna de tus entrevistas leí que estabas interesada en el tema de la muerte. Aquel lugar hacia el que todas vamos. Podrías hablarnos un poco más al respecto, (de tu interés en el tema, el por qué, el cómo sientes que se ha ido transformando esta idea).

RCE: Claro, cada vez que una se acerca más a nivel de años el tema se hace más presente. Yo pienso que yo personalmente, a pesar de que me considero una persona profundamente optimista (siempre estoy buscando qué sacar de las cosas malas) he estado muy cerca de la muerte. No solamente por mi historia familiar, en donde mi mamá perdió dos niños antes de perder a Andrés. Yo crecí con la muerte al rededor mío o al menos así lo percibí yo. La muerte era una compañera mía. Acá voy a nombrar de nuevo a mi mamá, Andrés decía “yo quiero escribir como habla mi mamá”. Mi mamá fue como esa profesora de escritura informal que tuvimos, tenía una facilidad para el lenguaje y para contar las cosas que era arte. El arte de mi mamá era el habla y la comunicación. Ella siempre nos comunicaba a sus muertos, a los niños muertos y a los demás muertos ella los puso tan vivos como los demás vivos que había en la casa. Entonces yo pienso que la muerte para mí no es solamente muerte, es la vida de esos muertos que pasa a rodearme. De allí me empecé a interesar en la mortalidad. Ya en cuanto a mi vida personal, yo soy sobreviviente de cáncer de seno, tuve cáncer de seno a los 48 años. Experimenté la cercanía a la muerte de una forma muy trágica. Yo sentía que no me quería morir todavía, mis hijos estaban muy jóvenes y yo no me quería morir. Yo sabía que algún día me iba a morir porque todos nos vamos a morir, pero yo tenía 48 años. Eso me hizo a mi pensar mucho sobre tener la cercanía a la muerte y pensar que esta se me venía encima sin yo quererlo. Escribí muchos poemas al respecto, escribí sobre el pensar que yo me iba a morir. Traté mientras estaba convencida de que iba a morirme, de que iba a dejar a mis hijos (por usar las palabras de los cuentos de hadas) “huérfanos”, de dejar todo eso en alguna parte, dejar mis sentimientos en alguna parte. Entonces escribí mucho sobre la muerte. He escrito mucho sobre la muerte a través de mi vida, esa experiencia la tuve hace 23 años. Desde mi labor como trabajadora social he visto la muerte trágica de muchas personas, muertes por sobredosis, muertes por cruzar el Río Grande para llegar a este país creyendo alcanzar el sueño americano y hace muy poco mi compañera Ruth tuvo un accidente horrible, casi muere. Ella estuvo casi 3 meses en cuidados intensivos, fui testigo de esa posible muerte y del milagro de volver a reclamar la vida. Es decir, escribí mucho sobre eso. La muerte ha estado muy presente en mi vida. La muerte de un hermano al que amé profundamente que es Andrés Caicedo y que fue una muerte escogida, algo que respeto muchísimo. La muerte es como una presencia en mi casa que siempre ha estado andando de cuarto en cuarto y a la cual yo no le tengo miedo.

VGS: Yo tenía preparada una pregunta que creo cambia un poco considerando todo lo que mencionas, Rosario. Actualmente vivimos en tiempos muy difíciles para el duelo, se nos impide.  Es como si siempre estuviéramos esperando y contando: contando muertes, contagios, horas. Es como una gran pausa que pareciera no terminar. Todo esto sumado con las políticas del gobierno y su falta de cuidado por la vida. En Colombia estamos en medio de un paro nacional y la vida pareciera que tambalea, en medio de todo esto ¿cómo crees que podemos sostener la vida colectivamente con nuestras creaciones? Por ejemplo, con la escritura, que pareciera algo siempre está hablando con la muerte pero que nos presenta nuevos espacios para vivir.

RCE: Había olvidado mencionar en medio de esta conversación que tú me estás haciendo estas preguntas en un momento mundial en el que vivimos con la muerte día a día. Venimos de generaciones muy distintas y nos ha tocado ver, lo que llamo yo: la partida del mar rojo. Tenemos la muerte en todas partes, incluso de manera gráfica, todos los días llega la muerte. Yo he escrito mucho sobre eso. Al mismo tiempo, como todo lo que tiene que ver con la muerte, hay una unidad muy estrecha con la vida. Tú no puedes hablar de la vida sin pensar en la muerte, casi como en el cine que es muerte y es vida. Es como el final de la película, como diría Luis Ospina

VGS: Recordé algo que en algún momento leí para una clase en la universidad, se me escapan los detalles, pero más o menos la idea central era que vivimos en medio de dos muertes. Es decir, yo estoy viva, a mí me precede una muerte y me espera otra. Si el pasado, el presente y el futuro se pliegan, quiere decir que estamos vivas y muertas al tiempo.

RCE: Claro, la muerte siempre está ahí, lo que pasa es que siempre buscamos ignorarla. El cine a veces hace eso también, es una profunda distracción de la muerte. Pero la muerte es vida, antes de ser muerte fue vida y después queda la vida de la persona que ha muerto. El cine se presta para muchas metáforas con la muerte, son imágenes muertas que cobran vida con la ilusión del movimiento. Así sucede con los muertos, se mantienen vivos con el movimiento de la memoria. En cierta forma la muerte no triunfa, o así lo veo yo, se puede convertir la muerte en vida.

VGS: Hace unos días tuvimos también la oportunidad de hablar del “matriarchivo” y las posibilidades de revelar nuevas miradas de la historia cuando nos preguntamos por un archivo de un tiempo no lineal. La escritura como ejercicio de memoria puede hacernos ver aquellas cosas que antes parecían ocultas por una historia lineal y llena de referentes masculino ¿cómo sientes que ha mutado el archivo, los escritos y la manera en la que se habita la historia del cine club en estas últimas décadas?

RCE: Yo pienso que el cine club se dio en un momento histórico en el que el rol de la mujer -es así como lo percibo yo- era bastante menor. Eran los hombres los que hacían las cosas. El cineclub fue profundamente masculino como lo fueron muchos grupos artísticos de la época. Considero, desde mi punto de vista, que no quiero interpretar un momento histórico con los valores que tenemos ahora. Sería muy difícil, casi imposible. El cine club era muy masculino, como lo fue todo el cine… ¡como lo es ahora! Por ejemplo, Hollywood, ¿a cuantas mujeres se les da la oportunidad de ser directoras? Pensemos por ejemplo en la maravilla que fue ver a una mujer recibiendo el Oscar a la mejor película y a la mejor directora. Pero eso no pasa ni todos los días ni todos los Oscares. Los valores han evolucionado, pero en su momento si fue un ambiente masculinizado.

En el marco del paro nacional del 2021 diferentes personas hicieron una versión del cartel retomando hilos de las cosas que suceden durante las manifestaciones.

Esta entrevista la termino de escribir el 10 de mayo en la mañana. Quise incluir solo dos imágenes, que no son ni fotos de la época ni cámaras de cine. Quise incluir dos imágenes que a la vez son la misma: los afectos políticos en nuestra metamorfosis. Las palabras aquí habladas nacen de un momento específico que nos deja al borde de la especulación: no sabemos qué va a pasar. La incertidumbre y su vértigo pueden ser insostenibles. Sin embargo, este mismo espacio vacío está lleno de posibilidades, quiero pensar que estas posibilidades se versan en el verbo “cambiar”. Termino de escribir este breve párrafo en Bogotá a las 12:12 PM.

Un mensaje final, una intuición imaginaria de mi propia versión del cartel:

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